Ah, cosa sabrosa que son los oficinistas de baja ralea. Esos que no hacen su trabajo, no miran a nadie a los ojos, se regodean con su agresivdad pasiva y no pierden oportunidad para besar uno que otro trasero.
El oficinista de poca monta tiende a sufrir de algún defecto fisico que hace insoportable su apariencia, como por ejemplo un acné de adulto irreversible donde los granos han salido sobre las cicatrices dejando como resultado a un ser humano tremendamente acomplejado. La fealdad es resentida.
Claramente al oficinista de poca monta no le gusta trabajar. Cada trabajo que tiene está, según él, por debajo de sus capacidades. Por eso no trabaja. Y por eso se molesta continuamente con sus superiores. Al oficinista de poca monta no le gusta rendir cuentas. Tanto le molesta rendir cuentas al oficinista de poca monta, que es capaz de saltarse cadenas de mando para ensuciar a todos a su alrededor. Si una iniciativa fracasa, no es culpa jamás del oficinista de poca monta. Es culpa de todos a su alrededor.
Qué mejor regalo para un oficinista de poca monta que un practicante. De esa forma, el practicante hará todo su trabajo mientras el oficinista de poca monta puede dedicarse a otros menesteres, como cuadrar la polla mundialista de la oficina. Eso le garantizará sonrisas de algunos superiores y no tendrá que responsabilizarse por su trabajo. De tal forma, cuando el practicante (que por definición no conoce el trabajo que debe hacerse y está en entrenamiento) falle, el oficinista de poca monta se lavará una vez más las manos y reprenderá al practicante. Esto le da al oficinista de poca monta una ilusión de poder.
Nadie sabe besar traseros como el oficinista de poca monta. Es el primero en ofrecerse para buscar el teléfono del domicilio de las empanadas (hay oficinistas en cargos superiores para los que buscar en Google es dificilísimo), para cargar las cajas, para meter la cucharada en cualquier cosa que implique no hacer su trabajo.
Cada oficina tiene uno. Cuéntenos el suyo.
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