Es la gente que no tiene un solo libro en su casa, y detesta a los que hablan de libros porque siente que le están echando en cara las obras que no conoce es la que más se ofende cuando los demás los hacen caer en cuenta de su ignorancia.
No es de extrañar entonces recibir malas caras o cartas de reclamo cuando alguno de estos personajillos de poca monta perciben comentarios que no entienden en conversaciones inteligentes como ataques a su pretensión de profundidad. Una profundidad que, claramente, se asemeja a la de un cenicero.